Añil de la Mancha

Los libros debieran ser objeto de reverencia casi mítica. De hecho, hubo tiempos en los que eran bienes preciados, difíciles de conseguir, tesoros, caros, carísimos. La invención de la imprenta lo cambiaría todo. Revolucionó el mundo del libro, el paisaje de las lecturas. Aún así, durante siglos continuó siendo un bien raro y privilegiado. No digamos ya escribir un libro. Era un asunto muy serio. En los últimos tiempos, precisamente, cuando el formato en papel ha iniciado su camino hacia la disolución, los libros han perdido toda respetabilidad. Cualquiera escribe un libro. Que sea bueno o malo, útil o inútil, es lo de menos. Se diría que lo que importa es cumplir eso de plantar un árbol, tener un hijo, escribir un libro. Un disparate absoluto. Un libro, reitero, es una cuestión muy seria. Al que se le debe fervor. Entre otras razones porque en su contenido debieran existir enfoques, perspectivas y expresiones que pueden cambiar la vida del lector. Algo trascendental. Y es en este punto en el que debemos situar a «Añil Literaria», dentro de la Colección Almud, ediciones de Castilla-la Mancha. Porque su mera existencia sí que es una acción transformadora.

Un libro es más que un autor y un texto. Es un equipo que elabora un producto. Seguramente no muy amplio, es verdad Y menos ahora que se fragmenta el trabajo y estamos entrando en la autoedición, la autodistribución, la autoventa, la autopromoción y hasta la autovaloración. En el ámbito de un trabajo en equipo es donde se sitúa Añil. Cuarenta títulos se han editado desde el año de su creación, en 2005. Libros de poesía, de novela, de relatos, de teatro, de ensayo. De autores manchegos y de calidad por encima de la media. Han participado en portadas y páginas interiores algunos de los mejores pintores e ilustradores del territorio. Sí, estamos escribiendo de una editorial de Castilla-la Mancha. Un espacio que en ninguna de las encuestas o estudios sobre lecturas aparece bien colocado. Se lee poco. Por eso, al reseñar las ediciones de Añil, estamos describiendo «una proeza» en el páramo. Un espejismo refractario en un desierto de piedras fragmentadas.

La última de esas heroicidades anónima de publicar libros ha consistido en recuperar del olvido, «Tres ensayos y una carta», de Francisco García Pavón, en el centenario de su nacimiento. El libro se terminó de imprimir el día 2 de enero de 2019. O sea, ayer. Y el primero de los textos, excepcional por lo adelantado, se titula «Hacia un concepto de la personalidad manchega». Lo que ya en los cincuenta proponía García Pavón era «pensar o reflexionar sobre este problema tan absolutamente serio que es nuestra Mancha, que es el ser manchego». En aquellos años dudosos García Pavón definió La Mancha como un «complejo sistema» que debe ser analizado desde todos los ángulos posibles. Aún pendiente. Y lo completó con el texto, titulado «Teoría del paisaje manchego» (ensayo sobre la llanura). Espectacular, como pueden imaginar por el subtitulo. En el texto se esboza lo que pudiera ser un cuadro de Benjamín Palencia: «tierras manchegas parduzcas, rojizas, a veces duras, rebeldes, tercas, con su ascética tersura de timbal…»

Añil es una hazaña en un territorio del que difícilmente se sale. Le ocurrió a Francisco García Pavón. Como le ocurrió a Cervantes, el primero que descubrió La Mancha como recurso literario. Ambos vieron un paisaje en el que solamente cabían o aventuras locas o la locura de vivir, persiguiendo sueños a través de unos cielos que pueden confundirse con el infierno. Más tarde vinieron otros describiendo La Mancha irreal, en la que tuvieron fácil acomodo el realista Antonio López, el detallista Palencia, el telúrico Alberto Sánchez, las texturas de grava de García Rodero o las tragicomedias de Almodóvar. Añil manchego.

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