Anagrama, el medio siglo de vida de una «editorial de ensueño»

El micrófono, como el Sinatra de Gay Talese, también está resfriado y la voz de Jorge Herralde llega a trompicones, como si un Leprechaun asmático le hubiese hecho un puente al altavoz, pero lo importante, por una vez, no son las palabras del insigne editor, sino los corrillos que se forman a su alrededor. «Es un honor publicar en una editorial como esta», desliza Hanif Kureishi justo antes de lamentar que, por más que sospeche que su primer encuentro con el editor se remonta a los días de rizos asilvestrados de «El buda de los suburbios», su cabeza no está en disposición de confirmar tal extremo. «No recuerdo absolutamente nada de los noventa», confiesa.

«¿Anagrama? Para mí es sinónimo de lealtad. En el resto del mundo puedo ir cambiando de editorial, pero sé que Jorge siempre estará ahí», añade el también británico Jonathan Coe, ilustre representante de ese humorismo ora descollante ora melancólico al que Herralde juró amor eterno tras descubrir a Wodehouse, Evelyn Waugh y Tom Sharpe.

Por suerte, el autor de «El club de los canallas» tiene mejor memoria y recuerda el momento exacto en el que su camino se cruzó con el de Anagrama. A saber: mediados de los noventa con «Menudo reparto», su delirante saga sobre la Inglaterra de los ricos y poderosos. «Si me acuerdo es porque también fue la primera vez en mi vida que me hicieron dar una rueda de prensa. Nunca había hecho nada parecido. Y Jorge estuvo como veinte minutos hablando de la novela. Recuerdo que pensé que ojalá todos los editores le pusieran el mismo entusiasmo a la hora de hablar de mi libro», relata Coe justo antes de esquivar una bandeja de canapés para seguir hablando de sus cosas, cosas de escritores a juzgar por las palabras sueltas que van y vienen, con Melania Mazzucco, otra de las autoras a la que le han faltado piernas a la hora de venir a Barcelona para celebrar en un hotel de la ciudad el 50 aniversario de la editorial.

Más que un club

Medio siglo de lealtad y, como diría Lara padre, «fiebre amarilla» infectando baldas y estanterías, que Carlo Feltrinelli, presidente del grupo italiano que posee la mayoría de acciones de la editorial, intenta resumir en una suerte sinopsis sentimental. «Anagrama es el mejor club del que se puede formar parte. Es una editorial de ensueño», dice.

Herralde saluda a Emmanuel Carrère
Herralde saluda a Emmanuel Carr̬re РPep Dalmau

Ni siquiera necesita profundizar mucho más: ahí están autores como Richard Ford, Emmanuel Carrère, Alessandro Baricco, Alan Hollinghurst, Teresa Cremisi, Jean Echenoz, Catherine Millet, Yasmina Reza, Roberto Calasso o Philippe Sands, entre otros, asintiendo con la cabeza y demostrando con su presencia que, como el Barça de los buenos tiempos, Anagrama también es más un club. Y Herralde, cómo no, mucho más que un editor. «Mi padrastro era editor, así que antes incluso de sospechar que llegaría a publicar con Anagrama ya había oído hablar largo y tendido de Jorge», explica Philippe Sands, autor de «Calle Este-Oeste».

«¡Es el Jefe!», exclama Richard Ford, quien, además de su presencia, también ha querido regalar al sello barcelonés «Lamento lo ocurrido», colección de relatos que se publica en castellano antes que en inglés. «Es un editor de la vieja escuela, un editor que se hace amigo de sus autores. De hecho, creo que para él el trabajo es un código secreto que le permite hacerse amigo de los escritores. Tengo buena relación con todos mis editores, pero con Jorge es diferente. Es especial», añade el autor de «El periodista deportivo», invitado estelar de una jornada-broche a «cincuenta años on the road».

«En esta era de la tiranía de la tecnofinanza, de necesidades inducidas, de algoritmos sofisticados, de tristes pasiones en sociedades aparentemente saturadas, hay pocas aventuras en el mundo editorial tan apasionantes como la de Anagrama», zanja Feltrinelli. A su lado, el Jefe Herralde no puede más que asentir y esperar a que, con la puesta de sol, el número de escritores se multiplique con la llegada de medio centenar largo de autores españoles. Y es que, al fin y al cabo ¿qué sería de un editor sin sus autores? ¿Y de los autores sin un editor?

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