Ana Pedrero: Después del amor

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Esperé vestida de claro la madrugada y mientras tus ojos se cerraban a mí se me apagaron todas las estrellas. Tu alma se liberaba de un cuerpo doliente al que el cáncer había devorado sin piedad y era como si de golpe bajasen todas las persianas de la vida. Desde entonces soy una apátrida sin el paraíso de tu abrazo.

No supe ver que la luz de los que amamos nos ilumina para siempre. Esa luz que enciende a tantos hombres y mujeres que aman con los pies en la tierra y el alma en el cielo, que saben que solo el amor nos salva en un mundo abocado al desencuentro. Ese sexto sentido que me permite reconocer tu voz en el viento, entre todas las voces. Te escucho y sonrío.

Nunca hubo cenas ni flores los 14 de febrero. Fuimos un desastre total como pareja; incluso no fuimos. Pero a√ļn as√≠, con idas y venidas, maldiciones y reencuentros, poca gente se quiere como t√ļ y como yo en un mundo de postureo imp√ļdico en el que todo queda al desnudo menos el alma. Un mundo ego√≠sta que se quiere poco y mal, donde todo tiene su precio.

Mirarte a los ojos era mirar a la vida y ahora cierro los ojos para verte, para sentir en el aire la caricia de tu mano. Fue un privilegio, un regalo, acompa√Īarte en tu traves√≠a cuando sab√≠amos que solo tiempo era lo que ya no ten√≠amos. De todo lo dem√°s nos sobraba. Contigo aprend√≠ a perdonarme y a perdonarnos, a crecer, a ser m√°s fuerte, m√°s justa, m√°s sabia. A restarle importancia a las cosas que no la tienen, a apurar cada minuto como si fuese el √ļltimo. A seguir caminando sin ti. Me hubiese gustado que vieses los atardeceres del oto√Īo, los campos pre√Īados de amapolas, el Duero bajo la cencellada, incluso sin m√≠. Que hubieses cocinado una de tus paellas cualquier d√≠a de verano. S√≥lo te ped√≠ que volaras cuando ya no pod√≠as m√°s. Hasta para dejaros ir el amor tiene que ser generoso. Sed libres.

El mundo ha cambiado, la vida sigue, no se detiene por nadie. Esta Raya del Oeste contin√ļa siendo la hermana pobre de todas las pol√≠ticas y la calle de San Torcuato parece un rosario de locales cerrados. Ya no existe aquel caf√© de la R√ļa donde esper√°bamos la madrugada y el viejo hospital es ahora un complejo moderno que se alza en azul.

Soplé las velas de los cincuenta, retomé el canto, gané un par de premios, he hecho unos meses de tele y ahora escribo en ABC. Y en todo ello estás conmigo, en mí, sin renunciar al brindis por la vida, sonriendo al futuro. Supervivientes por encima de nosotros mismos, los que hemos amado lo sabemos: sólo el amor nos hace eternos. Sólo amor existe después del amor.

Ana Pedrero

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