Alfredo Kraus, el tenor de la modernidad que respetaba la tradición

En este final de verano de 2019 los aficionados al canto nos acordamos del insigne tenor Alfredo Kraus Trujillo, desaparecido hace ahora justamente veinte años. Había venido al mundo en Las Palmas de Gran Canaria el 1 de septiembre de 1927. Hijo de un comerciante y editor vienés, impulsor del diario La Provincia, y de una dama canaria, el futuro cantante pudo escuchar desde muy niño, junto con su hermano mayor, Francisco (1926), más tarde excelente barítono, buena música en la gramola familiar, especialmente fragmentos operísticos cantados por los mejores intérpretes de la época. Un profesor puso a los dos niños al tanto de los rudimentos del solfeo y del piano. Alfredo se fue cultivando insensiblemente en coros infantiles y en reuniones familiares hasta que en 1943 ingresó con Paco en el Coro de la Sociedad Filarmónica de Las Palmas.

Vocación clara

Un año más tarde lo encontramos dando conciertos benéficos y luciendo una incipiente voz de tenor, a la que había dedicado sus cuidados la profesora María Suárez Fiol. La vocación estaba ya clara; y la decisión, tomada. La condición paterna era la de que obtuviera, como su hermano, el título de perito industrial. Con él en el bolsillo marchó a Barcelona para seguir estudios con la maestra rusa Galli Markoff. Alfredo hubo de cumplir el servicio militar en Valencia donde se encontró con el que sería su tercer maestro, Francisco Andrés. Llegó el momento de partir para Italia, cuna del bel canto, Milán. El azar procuró el encuentro con Mercedes Llopart, la que sería su última mentora.

El 17 de enero de 1958 se produce su debut: es en El Cairo en el papel de Duque de Mantua de Rigoletto. En febrero, en el mismo Teatro Nacional de la capital egipcia, abordaba Cavaradossi de Tosca, que cantaría sólo una vez más, semanas después, en Cannes. Estimaba, en contra de la opinión de Llopart, que su voz era demasiado liviana para la parte. Se centraría en adelante, drásticamente, en papeles de lírico-ligero. Dotado de un olfato privilegiado, de una intuición prodigiosa, el cantante discernía ya lo que le podía convenir y conocía los mecanismos que convierten una vibración acústica, a su paso por la laringe, faringe y cavidad bucal, en un sonido articulado; es decir, en voz. La aplicación del necesario y justo juego muscular.

No se adornaba con sonidos aflautados o en falsete: la emisión debía ser a plena o media voz

Cuando intentamos definir el estilo de Alfredo Kraus, surge de inmediato un calificativo: moderno. Porque su forma de cantar, intransferible, particular, peculiarísima, se centraba en la utilización práctica y funcional de una serie de postulados que parecen irrenunciables para cualquier cantante, pero que, en él, luego de dominados, sonaban a nuevo. Conectado con el pasado para lo esencial, era siempre capaz de expresar, decir, frasear, interpretar con un aire de estos días. No gustaba de adornarse con sonidos aflautados o en falsete: para él la emisión debía ser en todo momento a plena o, en su caso, media voz, proyectada como una flecha hacia un agudo firme, seguro, penetrante. La forma de atacar, límpida, precisa, rotunda, los sonidos, esa manera de acentuar, nítida, clara, la técnica para articular, con una exactitud de orfebre, o la minuciosidad para pronunciar y para respetar la prosodia de los vocablos conformaban la espina dorsal de su arte exquisito. Una forma de servirse de las técnicas nacidas a principios y mediados del XIX que buscaban que la voz combinara con el aliento; en vez de que, de acuerdo con técnicas pretéritas, circulara sobre el aliento.

Regular intensidades

Kraus era un discípulo a distancia del histórico tenor, compositor y maestro sevillano Manuel García, autor de una histórica síntesis que todavía rige en el mundo del canto. El arte de regular las intensidades, en el que era auténtico maestro, le facultaba para dotar de un colorido distinto -bien que su timbre no fuera en exceso coloreado- a cada frase en busca de efectos expresivos y de proporcionar el exigido carácter a la interpretación. Cualidades que nadie ha sabido, probablemente desde la muerte de Schipa, Tauber o gente así, manejar con tanta pericia y honradez. A ello había que sumar la facilidad en la zona alta, la proyección y potencia del agudo y del sobreagudo.

Era raro que un cantante de expresión nada lánguida, enemigo de excesivos abandonos o de sonoridades blancas o afalsetadas, supiera mantener, sin embargo, una línea de canto tan pura, tan refinada, tan válida para toda época y lugar. El sostén del aire y la adecuada respiración diafragmático-intercostal, eran la base de un fiato canónico, que él sabía hacer monumental e inacabable. La consecución de un inconsútil legato, en el que cada palabra, cada fonema, aparecía prodigiosamente ligado a los anteriores y a los posteriores eran otros tantos rasgos de su manera.

Honradez profesional

La muerte de Alfredo Kraus hizo desaparecer al último representante del belcantismo de nuestros días. Era el único que podía dar lo que piden determinados personajes de ópera italiana -y de zarzuela u ópera española: piénsese en Fernando Soler y en Jorge– y el que servía con una probidad absoluta las demandas de la partitura -aunque se adornara con sobreagudos en algún caso de dudoso gusto: la cadencia de «¡No puede ser!» de La taberbera del puerto, por ejemplo-, que cantaba siempre con la máxima honradez, sin bajarse de tono ni una nota ni hurtar las habitualmente amputadas cabalettas.

Una honradez que brillaba asimismo en sus prestaciones profesionales: rara vez suspendía una función. Algunas de ellas a raíz de la muerte de su esposa, de la que tuvo cuatro hijos. Ese golpe lo dejó postrado y redujo mucho sus actuaciones. La voz se conservaba joven en un hombre de 71 años, pero el cansancio y la atonía muscular ya se empezaban a sentir. ¿Quién podría interpretar tras su muerte una pieza como el famoso «Lamento de Federico» de La arlesiana de Cilea, con esa expresión de hondo dramatismo, nacido de un poético lirismo, con esa gradación de intensidades, a lo largo de un arco perfecto cerrado con un sonoro y desbordante si natural? Kraus representaba un tipo de tenor, que aunaba el de gracia con el lírico o el lírico-ligero y que ahora aparece desierto.

El artista fundó en su día el Concurso de canto que lleva su nombre y que llegó a las cinco convocatorias, la última ya tras su muerte. Las instituciones oficiales dejaron de apoyar la muestra, que permaneció en el dique seco durante varios años. Hasta que Rosa, la hija mayor, ha conseguido resucitarla implicando de nuevo al Cabildo insular. Este otoño tendrá lugar la séptima edición. El recuerdo del gran artista podrá seguir perviviendo a la espera de la puesta en marcha de la Fundación que lleva su nombre.

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