Afganistán, el conflicto interminable del que EE.UU. aún no logra salir

Washington, el gobierno afgano y los talibanesno consiguen un acuerdo de paz tras 18 años de disputa

TÚNEZ.- Ya hace más de 18 años de la invasión de Afganistán decretada por George W. Bush, más de 11 de la promesa de Barack Obama de poner fin a la guerra en el país asiático y más de siete del inicio de las conversaciones secretas entre Washington y los talibanes. Afganistán se convirtió en la guerra más larga de la historia de Estados Unidos en 2010, y sus negociaciones van camino también de convertirse en maratonianas. Hace dos semanas concluyó con un modesto avance la última ronda de diálogo entre las partes, y ayer el gobierno afgano anunció que está preparado para negociaciones directas con el movimiento ultraislámico talibán, una alternativa que los rebeldes habían rechazado hasta ahora.

“Nos preparamos para negociaciones directas”, declaró Abdul Salam Rahimi, ministro para las negociaciones. “Esperamos que se produzca el primer encuentro en las próximas dos semanas en un país europeo”, añadió.

Después de más de un lustro de conversaciones secretas, el gobierno estadounidense y representantes de los talibanes abrieron conversaciones oficiales y directas en Qatar en 2018. Incluso antes de la llegada de Donald Trump a la Casa Blanca, Washington intenta buscar una salida honrosa del conflicto bélico que evite la percepción de una derrota. Con ese objetivo en mente, Trump nombró al veterano diplomático afgano-estadounidense Zalmay Khalilzadm, enviado especial en Afganistán para dirigir las negociaciones de paz.

La realidad sobre el terreno es indiscutible: no hay solución militar, la guerra lleva años estancada. El gobierno afgano controla los principales núcleos urbanos, pero los talibanes son fuertes en las zonas rurales de mayoría pashtún, la etnia de la mayoría de sus combatientes. Hace más de medio año, Trump ordenó la retirada de la mitad de las tropas estadounidenses en suelo afgano, dejando el contingente actual de alrededor de 7000 soldados, una fracción respecto del pico de 100.000 alcanzado en 2010, durante la presidencia de Obama.

La mesa de negociaciones parece ser la única solución para el avispero afgano, pero conseguir un acuerdo parece hoy la cuadratura del círculo. Las tres partes -el movimiento talibán, Washington y el gobierno afgano- tienen intereses y valores que parecen diametralmente opuestos. El gobierno de Estados Unidos pretende retirarse del país asiático de la forma más rápida y digna posible; el gobierno afgano, la deposición de las armas por parte de los talibanes y su aceptación de la Constitución; y los talibanes, la hegemonía política dentro de un sistema teocrático.

Estrategia

Un lugar común durante los últimos años por parte de los observadores del conflicto afgano es que la estrategia de los talibanes ha sido siempre mantener la presión sobre las tropas estadounidenses a la espera de que se termine la paciencia de la opinión pública de Estados Unidos. Entonces, una vez replegado el último soldado, Kabul caería como lo hizo Saigón en Vietnam.

Sin embargo, ese escenario, una auténtica pesadilla para cualquier inquilino de la Casa Blanca, no parece ahora tan inevitable como hace una década. Washington fue reduciendo de forma progresiva su presencia militar, incluido el número de sus unidades de combate, sin que los talibanes hayan conseguido grandes avances. Las instituciones afganas continúan siendo frágiles y carcomidas por la corrupción, pero se van solidificando, y podrían quizás sobrevivir con un apoyo menor de los ejércitos occidentales.

Bajo estas coordenadas, concluyó hace dos semanas el último capítulo negociador estructurado en dos mesas diferentes que avanzan de forma paralela. A la primera se sientan representantes de Estados Unidos y los talibanes, y aborda aspectos de seguridad y una posible retirada total de las tropas estadounidenses. A la segunda, se sientan representantes de los talibanes y de la sociedad afgana, lo que incluye tanto responsables políticos como sociales. Por primera vez, en esta ocasión participaron enviados del gobierno afgano, que no es oficialmente reconocido por los talibanes, que lo describen como una “marioneta de Washington”.

La llamada mesa intraafgana es la que registró mayores progresos, ya que se firmó un documento conjunto que algunos definieron como una “hoja de ruta” para el futuro del país. Si bien es cierto que sus enunciados son bastante vagos, recoge un compromiso de las partes para reducir los niveles de violencia actuales hasta llegar a una cifra de “cero” víctimas civiles. Así, los talibanes se obligaron a no atacar instalaciones civiles, como escuelas, hospitales, mercados y embalses, entre otros.

Tras las conversaciones, los participantes se mostraron moderadamente optimistas respecto de las perspectivas de éxito futuro. Dos son las principales dudas que se ciernen sobre el proceso: ¿tendrá Trump la suficiente paciencia para dejar madurar negociaciones que avanzan lentamente? ¿Cómo afectarán las elecciones que se celebrarán el próximo septiembre y en las que el presidente Ashraf Ghani se presenta a la reelección?

Mientras, sobre el terreno, la violencia no cesa. Todo un recordatorio del largo camino que el país deberá recorrer hacia una paz duradera.

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