A falta de Messi, Ter Stegen

Ausente Messi, vacío insondable que ya ha quedado sobradamente demostrado, nadie brilla más en este Barcelona que Marc-André ter Stegen. Por el Coliseum Alfonso Pérez desfilaron el reputado Suárez, el cacareado Griezmann e incluso ese trío de orfebres del centrocampismo tan apegado al plan de estudios de la escuela de La Masía -por más que sólo Busquets haya paseado por esas aulas-. Ninguno tuvo el peso en el partido del alemán, vilipendiado esta semana por el director deportivo del Bayern, Uli Hoeness, quien vociferó que mucho cuidado con discutir la titularidad de Neuer en la portería de la selección alemana, porque igual su club tenía que dejar de enviar jugadores al escuadrón de Löw.

Todo quedó en burda fanfarronería ante el despliegue del meta en Getafe. Pocas jugadas definen mejor al portero que la que propició el 0-1 visitante, un compendio de virtudes más allá del arco que hacen del ex del Moenchengladbach una especie única en lo suyo, alguien con quien el tiempo podría originar un pionero. Ante un balón profundo a por el que corría en ventaja Ángel, Ter Stegen, lejos de rendirse al poder de atracción que para tantos de sus colegas tienen esos tres palos, corrió convencido a por la pelota. No sólo se hizo con ella: le dio para hacer un control orientado con el pecho para servirse en bandeja, por más que le quedase para el botín izquierdo, la oportunidad de enviar un pase alto, profundo, definitivo sobre la carrera de un Suárez que ni mucho menos anda hecho un galgo, pero tan en ventaja lo puso y tan cándida fue la salida de Soria que al uruguayo no le quedó otra que anotar.

Poco antes había hecho lo que se le pide a los porteros cuando no lo logran: que paren. Ningún reto para Ter Stegen, completísimo cuando toca desgastar los guantes, un chicle que crece como una pompa cuando el delantero enfila sus dominios. A Ángel se le plantó en los morros como si fuera Hombrados, en la ocasión más clara del partido antes del descorche azulgrana.

Y para colmo, como si no le bastase con ser decisivo cuando le toca y quisiera que el partido se moviese a su son, el teutón desarboló una vez tras otra la insistente presión del equipo de Bordalás. Extensivo el despliegue de los azulones en el primer tiempo, marcas al hombre y el aliento en la nuca, el arquero encontró repetidamente a un Firpo que se desentendía de la línea de cuatro y adelantaba su posición hasta donde podía recibir libre y con campo para correr. El no va más para un tipo con guantes que decide partidos en las áreas, no sólo en la suya.

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